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Del Amor y del Sueño. Carta a una amiga

Josep M. Moreno - ® 2012

Creo que amar a una persona y entender un sueño presenta en el fondo la misma exigencia, un saber retirarse. Segun los kabalistas Dios mismo fue el que impuso el modelo. En cuanto al amor, Dios ocupaba todo y solo pudo ser posible la creación del Universo mediante un acto de amorosa contracción, un retirarse que creó el espacio en el que pudo tener lugar la creación. Por tanto, el auténtico amor más que un sentimiento, una necesidad o una exigencia es un acto de retiro, de respeto. Como nos pedía el filósofo Heidegger, "dejar ser al ser". Dejar ser es el equivalente del respeto. Respeto a la diferencia, respeto a la estricta individualidad del otro. También nos lo decían los kabalistas, el respeto sin amor es algo pero el amor sin respeto no es nada.

Entender un sueño se parece mucho. Ya Jung lo adelantó, el ego del intérprete no ha de interferir en el proceso hermenéutico de interpretación, por eso dijo "lo que el sueño dice, es justo así, dilo de nuevo tan bien como puedas." Por esto Hillman1 señalaba que el ámbito de los sueños es Hades, de ahí "provienen" y desde allí "hablan" y sólo el "muerto" en uno mismo puede entenderlos. El sueño no habla al ego ni quiere ayudarlo, ni quiere curarlo, ni por supuesto se puede entender desde el ego. Jung dijo "en los mitos, leyendas, tanto como en los sueños, el alma habla acerca de si misma, y los arquetipos se revelan en su natural yinterjuego, como "formación, transformación, en eterna recreación de la Mente eterna"2, y parafrasendo al Fausto de Goethe "...no estamos diciendo nada acerca de la psique, sino que la psique habla siempre acerca de ella misma".3

Cuando nos acercamos a un ser humano con nuestros juicios, prejuicios, exigencias y programas yoicos simplemente ni entendemos ni podemos amar. Por eso Simone Weil también insistía que solo se ama si uno se retira, si no, el amor acaba siendo invasión, un matar la diferencia para llenarla con la egoista identidad. Cuando nos acercamos a un sueño con nuestros esquemas teóricos y nuestras intenciones salvadoras, no dejamos que el sueño hable por si mismo, que despliegue su propia verdad, hallamos entonces en sus imágenes aquello prefijado de antemano por los prejuicios teóricos y por nuestra agenda redentora.4 Giegerich nos avisa, "las claves para comprender una imagen deben tomarse desde dentro de su propio cosmos, no se trata de asociarla a cualquier referente externo a si misma, sino desvelar su complejidad inherente y penetrar así en su verdad. Lo mismo ocurre con el amor, cuando te acercas al otro lleno de exigencias, una necesidad de corregirlo, de que actúe de auerdo a las propias expectativas cometemos una especie de atropello, imponemos la propia agenda yoica y con ello ocupamos el espacio que el amor y el alma se reservan para si. El movimiento amoroso que en si mimo encierra una totalidad de sentido, dos seres que se encuentran desde su diferencia (y esta diferencia es precisa y necesariamente la que convoca al eros), se ve impedido por una invasión ajena a si mismo, una invasión de elementos yoicos, ajenos a la lógica del amor.

Jung también lo advirtió "un sueño, una imagen, una fantasía, un mito, tienen dentro de sí todo lo que necesitan" y más tarde en sus estudios alquímicos en los que comparó el trabajo del alma al alquímico se dio cuenta de que el consejo del alquimista referido a cerrar herméticamente la vasija, "sobretodo no dejes que nada de afuera entre en la retorta"5, se había de aplicar a la tentación de literalizar el contenido de sus imágenes. por eso el sueño es un mensaje del alma que expresa sus propias verdades, no las del sujeto o sus condicones de su vida. El alma es auto-relación.

Por eso el padre que aparece en tu sueño nunca se refiere a tu padre literal sino a una personificación del alma, esto es, a ella misma, por eso una imagen contine en si misma todo lo que necesita, no necesita ser referida a algo "exterior". De un sueño nunca podemos extraer literalidades tales como consejos para el ego, ni preceptos morales, ni informaciones priviligiadas acerca de los demás, su vida y problemas, más bien estamos siempre expuestos a la verdades del alma, no mi alma o tu alma, sino suya propia.

Hillman nos enseñó a "mirar a través" de los fenómenos de la vida, de los síntomas. Una mirada que va desde los sueños y los eventos hacia el nivel arquetípico y así movernos desde el nivel literal o empírico al profundo donde el alma se revela como la única presencia y protagonista absoluta. Cuando dices "mi marido" nunca te refieres a un otro real sino a la imagen que habita en tu alma y que este otro "real" constela, despierta. Cuando este marido aparece en un sueño, no es él el que es revelado por la situación del sueño sino la imagen del alma que anuncia una verdad sobre si misma.

Recordarás que una de las genialidades de Jung fue la de permanecer fiel a la idea del alma objetiva. No tenemos un alma, somos tenidos por ella, mejor, contenidos y siempre es el alma la que ocupa el espacio entre dos seres. El psicólogo, en tanto que psicólogo frente a un sueño ha de quedarse con, en, la imagen (stick to the image) tal y como Jung y Lopez Pedraza requerían. Las asociaciones han de servir para intensificar, para dar más brillo a la verdad de la imagen nunca para usarla como un trampolín para saltar a otros temas y a realidades literales.

La finalidad de un sueño o un síntoma es la del alma, no la del sujeto, no es lo que quiero yo o necesito yo sino lo que quiere el alma. Si perdemos este crucial punto, convertimos la terapia en una version laicizada de educacion moralista (el sueño te dice que deberías hacer tal o cual cosa, o deberías dejar se hacer, ser, etc. tal o cual cosa) y nos convertimos en aquello que Giegerich denuncia en su artículo "El psicólogo como predicador del arrepentimiento y revivalista".

Así pues, si la verdad del sueño es una verdad del alma, si el sueño muestra alguien que atropella a alguien y este muere, es el alma que está expresando lo que hace consigo misma. Algo es el alma que atropella a la propia alma y se produce una muerte. Esto, que en la forma narrativa y pictórica del sueño ocurre como dos fenómenos, el atropello y la muerte, uno que causa o precede al tro, quizás aluda a una misma verdad necesaria y logicamente determinada. La muerte como la única negación posible del atropello, como aquello que el atropello lleva en si mismo como su íntima necesidad. En otras palabras, en el impulso al atropello ya está implícita la muerte, esto es, la negación de la vida y presencia del otro como ser vivo. Lo que atropella solo se encuentra consigo mismo en la muerte. El impulso atropellador lleva en si como su telos, la muerte. Al decirlo así sólo intento aplicar la máxima, antes citada, que constituye un principio metodológico fundamental de la interpretación onírica "lo que el sueño dice, es justo así, dilo de nuevo tan bien como puedas."

Notas

1 Hillman, J. (1997). The Dreams and the Underworld.

2 C. G. Jung. CW 9/I §

3 Cf. § 483.

4 Ya sabemos, los freudianos siempre ven símbolos fálicos, los adlerianos complejos de inferioridad, los gestaltitas gestalts incompletas y los "junguianos" símbolos del self y con ello cometemos el mismo fallo que los médicos cometían antes de la revolución higienista que les obligó a tener que admitir que eran ellos mimos los causantes de las muertes hospitalarias por no lavarse las manos antes de las intervenciones. Mucho les costó admitirlo. Como siempre ocurre antes de admitirlo ridicularizaron al portador de esta verdad. Así ocurre con los psicólogos que se empeñan en someter a los sueños en el lecho de Procusto de sus propias teorías.

5 CW 14 §749

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