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El camino de la Luna

Josep M. Moreno ®

Se trata de un regreso al hogar, a la patria mítica, allá donde los sueños, la poesía y el ser esencial se encuentran. Un proyecto de recuperar al ser nocturno que guarda el recuerdo de nuestros orígenes, la memoria de los sueños, los sueños para la memoria.

Una actitud que no busca interpretar sus imágenes sino que sean ellas las que nos interroguen acerca de nuestra existencia, de lo que es y de lo que falta, de lo que podría ser y de lo que ha de dejar de ser, de lo perdido y de la posibilidad de reencontrarlo.

No tratamos de mendigar en los manuales el significado de un sueño sino que nos dejamos elevar o descender por sus imágenes a otra dimensión. Una dimensión habitada por seres no físicos pero tan o más reales. Seres transmundanos que están más allá de lo cotidiano y lo rutinario, de los que podemos aprender, a los que podemos interpelar, o quizás ser nosotros los interpelados, nuestras actitudes cuestionadas, nuestros valores puestos a examen.

El camino de la Luna es de nocturnidad pero sin alevosía, se ha de transitar con las alforjas vacía, dejar atrás el control y las certezas, en suspenso la voluntad del ego, dejar espacio a la experiencia de lo inefable, al misterio de las historias que nos cuenta para facilitar un proceso personal y colectivo que permita atender a los sueños para despertar del sueño, salir de la existencia sinsentido, facilitar, asimismo, una reconexión con la otra mitad del ser, la nocturna, invisible a la lógica cotidiana pero poderosa pues encierra en sus entrañas los anhelos más profundos. Es lo que deseamos sin saber, buscamos sin querer, perseguimos sin alcanzar dado que los ojos diurnos se quedan en la corteza visible de la cosas.

No son necesarias técnicas depuradas, ni metas programadas, objetivos al alcance de la mano. Más bien se requiere la mente del principiante, la curiosidad y una inclinación al asombro y al pasmo reverencial, en fin, todo aquello que abre puertas a este elusivo mundo nocturno y los secretos que atesora.

No buscamos en los sueños consejos morales sobre el buen vivir, sino atisbos, señales y augurios que guíen al espíritu indomable que nos habita, hacia el cumplimiento del propio destino.

No queremos convertir al sueño en un proposición razonable, un esquema de significados lógicos que tranquilicen el ansia de control. Que el sueño nos embargue, que sus mensajes sean escuchados, respetado su poder transfigurador, atendida su dignidad.

Los sueños confabulan seres fantásticos en escenas tan cotidianas o irreales como pueden ser, tan extrañas y familiares como podemos concebir, una mezcla abigarrada de entes imaginarios y reales como el suelo que nos sostiene. Su rareza es la del lugar común a las disparidades más evidentes, a las contradicciones que derriban los muros de la lógica diurna. Coexisten pasado presente y futuro, seres y enseres en una amalgama narrativa que como la poesía, deslumbra, seduce y pasma por su extraña belleza y sacude la moralina por su indiferencia a los juicios humanos demasiado humanos.

Los sueños, como la poesía,  iluminan, consuelan, inquietan, animan, evocan placeres divinos y, sobretodo, asustan a las almas timoratas. Los sueños, como la poesía, convocan a una vida más originaria, auténtica y transparente, así como la noche, en su negritud, transparenta el inmenso océano de estrellas que nos mecen. Configuran el espacio común del encuentro con el otro y con lo otro de nuestro ser, conducen a lo ignoto del alma para que desde allí oteemos el infinito, abandonemos las incongruencias que nos separan de la vida y que nos sumen en el sopor de una existencia sin sueños, sin alas que nos remonten al mágico vuelo en pos de las utopías que nos esperan desde el fondo de los tiempos.

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