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El corazón es un cazador solitario

A continuación un comentarios sobre la novels de McCulers cuyo nombre titula este artículo.

Los personajes de la novela, reales como la vida misma muestran sin cesar esta abigarrada mezcla presente en todo humano, este equilibrio imposible que se dan entre la sumisión y la resistencia, entre una subjetividad sujetada al inconsciente freudiano y/o a la ideología althusseriana y un remanente de rareza, rebeldía y aspiración a la libertad.

Biff y su predilección por los anormales, Alice y su inclinación por el espectáculo, Jake su pasión alcohólica y su hambre de liberación de los oprimidos por medio del evangelio marxista, la joven Mick, este misterioso ser nocturno con sus ilusos sueños de grandeza y sus hábitos de muchacho (lleva pantalones porque no quiere usar la ropa de sus hermanas), incluso Etta y su obsesión por Hollywood, el Dr. Copeland y su cruzada con los negros y la callada pero tenaz Dasy. Ah! y Singer que desde la esclavitud de su mudez parece ser el más libre de todos.

Cada sujeto es a la vez expresión de una ideología colectiva que le conforma y el locus de un sueño de libertad que le mueve implacablemente en pos de su destino. Jake Blount clama, en uno de sus desvaríos etílicos, que el resentimiento es la más preciada flor de la pobreza, puesto que desde este resentimiento que es quizás sinónimo de la condena a la frustración por la renuncia al placer que desde Freud sabemos que atenaza nuestros deseos más feroces y llenos de vida, podemos encontrar el fuelle de un impulso libidinoso a la lucha por ser uno mismo. Es posible pensar que el resentimiento solo es para los pobres, que las condiciones de dominación de una clase por la otra hace que este sentimiento se acumule en el extremo bajo de la pirámide, que opresión y resentimiento se engendren mutuamente, aunque no puedo dejar de pensar en Nietzsche para el cual los resentidos con la vida no son los pobres sino los moralistas.

Mick Kelly desea fervientemente aprender todas las piezas musicales del mundo, el doctor negro redimir a todos los negros consiguiendo que imiten a Karl Marx, Day desea que sus hijos sean maestros, doctores y abogados que luchan contra el dolor y la injusticia. Las fuerzas, las estrategias de poder articuladas en los discursos que conforman y general nuestra subjetividad no alcanzan a sujetar a los sueños. Freud nos alertó que los sueños son la via regia hacia el inconsciente, entonces que nos hablan del inconsciente, los sueños pesadillescos de Micky, “nado sumergida en una multitud de personas… la gente me pisotea y mis entrañas se desangran sobre la acera”, un aeroplano cayendo un trasatlántico hundiéndose, la explosión de la caldera. Todos ellos parecen indicar la energía vital acumulada en el resentimiento de los oprimidos, o, mejor, de la parte oprimida de cada uno de nosotros que busca un canal de realización en la realidad.

Si Lacan nos habla de un goce destinado a la perpetua insatisfacción, también podríamos argüir que el goce y el deseo aunque sean uno de los ejes en los que la civilización impone su ley generativa y distributiva son al mismo tiempo la condena a un minoría de edad crónica. No desear la apariencia sino buscar inexorablemente la verdad de nuestra condición y hacernos cargo, es el motto que interpela a nuestros sufrimientos y esclavitudes. John Singer actúa como figura paradigmática en el entresijo de la relación del sujeto con su Otro. Expresa perfectamente la ambivalencia de la necesidad radical de una búsqueda de la identidad que se realiza mediante el encuentro con el Otro. El desfile de personajes que le buscan para comunicar, expresa y confesar las propias experiencias resulta muy reveladora.

Necesitamos alguien que nos escuche y así poder reafirmar la realidad de nuestra identidad y a la vez aún necesitamos más que nuestro discurso identitario encuentre la ausencia, la no respuesta como respuesta y reflejo quizás esencial de nuestra condición. Así nos sentimos comprendidos en tales condiciones, cuando en realidad es el reflejo de un silencio el que da la medida de nuestra identidad siempre perdida y siempre en perpetua búsqueda de materialidad. El yo-sujeto aislado que se afianza y se reafirma en una identidad es la contraparte fantasmática de nuestra condición de exiliados en un mundo que fabrica identidades y a la vez las invalida normativamente, las sujeta por medio de las prácticas y estrategias de poder.

En mi tarea profesional de psicólogo compruebo cada día, en cada paciente, esta íntima y paradójica relación entre el sujeto singular y la diversidad y pluralidad de discursos que le constituyen.  En mis esfuerzos por ayudar a la persona atrapada en las redes neuróticas de significados convertidos en síntomas o en crisis de relaciones que el sujeto vive como personales e íntimos asisto a la narración de sus vidas, penas y sufrimientos que revelan como en el caso de los personajes de la novela, en cada uno un discurso íntimo, el diálogo interior, que al ser reflexionado, hecho consciente, permite atisbar la confluencia heterogénea y contradictoria de las palabras de los otros, quizás en última instancia de un Otro que por medio de la pluralidad de voces crea y recrea la prisión de una subjetividad que más que reflejar la propia individualidad, la mantiene sujetada a la neurosis y el sinsentido existencial. Se trata de aquellos discursos plurales articulados en una cadena que transita las cadenas de significantes atravesando los confines de las identidades familiares, nacionales, de clase, de género y de etnia hasta llegar al irreductible Otro fantasmático que niega radicalmente la absoluta singularidad de la persona, a la vez que y precisamente por ello la incita permanentemente a la búsqueda más original y originaria, la libertad de poder ser cualquier cosa, de vivir cualquier identidad incluso la de la propia negación.

Así cuando Jack confiesa a Singer que “ve como todo el sistema del mundo está basado en una mentira. Y a pesar de que esto está tan claro como la luz del día, los que no comprenden han vivido tanto tiempo con esa mentira que ya no la ven” está nombrando aún sin saberlo a la pulsión de muerte que si antaño discurría en la sujeción a los discursos religiosos y moralistas hoy disfrazada de individualismo feroz, de adicción al consumo y al crecimiento personal, sigue organizando el entramado simbólico de un orden social tanto más adicto al bienestar y a la proliferación de los goces como sujeto a un ciego impulso de muerte que atrapa fatalmente a los que no comprenden, al bien decir de nuestro personaje.

Josep M. Moreno Alavedra

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