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El magnetismo de las neuroimágenes

Fragmentos de un artículo aparecido en Papeles del psicólogo, Julio 2011.

El magnetismo de las neuroimágenes, moda, mito e ideología del cerebro. 

Marino Pérez Alvarez ®

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El cerebro se ha convertido en el centro de explicación de los asuntos humanos. De pronto, es como si todo dependiera del cerebro y no fuéramos más que "un montón de neuronas", como decía Francis Crick en 1994, al presentar la hipótesis revolucionaria para el siglo XIX, según lo cual "Usted, sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre albedrío, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y moléculas asociadas" (Crick, 1994, p. 3). La neurorevolución ya ha sido declarada, si nos creemos la proclamación de Z. Lynch (2009). El papel creador del cerebro está dado por hecho ya en el mismo título de libros recientes de importantes autores, como el de Michael Gazzaniga: ¿Qué nos hace humanos? (de 2008) y el de Antonio Domosio: Y el cerebro hizo al hombre (de 2010), poco menos que una declaración bíblica.

La neurociencia ha llegado a ser la ciencia reina, con la complicidad de las ciencias sociales y de las humanidades, incluyendo la filosofía...

... Aunque es legítimo e interesante estudiar el interface entre neurociencia y ciencia psicológica, las cuestión por lo que aquí importa destacar es que lo que compete a la psicología es entender el funcionamiento psicológico, no lo que ocurre en el cerebro (subrayado mío)...

Por su parte, la psiquiatría, a pesar de su pluralidad de escuelas (psicoanalítica, fenomenológica, interpersonal, etc.), en esto como la psicología, parece estar cumpliendo su vieja aspiración a entender los trastornos mentales como trastornos del cerebro, balo el impacto de la neurociencia (lnsel, 2009)... La cuestión es que esta tendencia dominante de la psiquiatría está determinando en buena medida la propia tendencia de la psicopatología.

Así, en efecto, la psicopatología padece hoy un marcado sesgo neurocéntrico, al hilo de la psiquiatría biológica... la imagen que se transmite es que la psicopatología se reduce a desequilibrios neuroquímicos y circuitos defectuosos (Insel, 2010). Esta imagen está prácticamente sostenida por neuroimágenes, consistentes en puntos coloreados en un cerebro, como si los trastornos estuvieran allí y esa fueran en realidad. Lo cierto es que las neuroimágenes se ofrecen con la presuntuosidad de que muestran la realidad de los trastornos, como si la experiencia subjetiva y demás aspectos psicológicos no contaran, cuando son en realidad estos aspectos los que cualifican el trastorno y no precisamente las flamantes neuroimágenes.

El cerebro‑centrismo se ha instalado también ella cultura popular… La revistas de variedades y de suplemento dominical hablan del cerebro como un personaje más, relacionado, valga por caso, con a elección de pareja, la atracción sexual, la tendencia a ir de compras, la autoestima, la meditación, mindfulness, la solidaridad, la amistad, etc... La divulgación científica, tanto por parte de revistas especializadas como de libros, no se queda corta en dar a entender que todo depende del cerebro, incluyendo la mejora de nuestras vidas. Así, por ejemplo, un monográfico de Investigación y Ciencia (Scientific American) de 2003 titulado "Mejores cerebros. Como la neurociencia te mejorará" habla de mejoras personales, de píldoras de la inteligencia, de regeneración y estimulación del cerebro, de leer la mente, de control del estrés, etc. Un libro sobre neuronas espejo (lacoboni, 2008) ya sugiere en el subtítulo que estas neuronas tienen que ver con la empatía, la política, el autismo, la imitación y el entendimiento de los demás. La divulgación neurocientífica ya es todo un género literario que no hace sino contribuir al cerebro‑centrismo.

¿Los hallazgos y métodos de la neurociencia obligan a repensar todo en términos del cerebro? ¿El mayor conocimiento que sin duda se tiene del cerebro, se corresponde con un mayor y mejor conocimiento de asuntos, valga por caso, como los trastornos psicológicos, el yo, la libertad, el amor, la ética, la economía, la justicia, la cultura, etc.? ¿No será, después de todo, el cerebro‑centrismo una moda, un mito y una ideología? ¿A qué se debe toda esta neuro‑revolución?, ¿cómo hemos llegado a esto?

... Pensar un poco sobre lo que dicen realmente las neuroimágenes acerca de nuestras vidas, sería una buena continuación. En virtud de qué unos puntos coloreados sobre la silueta de un cerebro explican los asuntos de la vida, actitudes políticas, creencias religiosas, comportamientos económicos, decisiones éticas, relaciones interpersonales, respuestas ante un escaparate, la depresión, etc. ¿De pronto, la tradición, las costumbres, la cultura, las formas de vida aprendidas y transmitidas, se reducen a puntos coloreados en el dibujo de un cerebro? ¿No seguimos tratando directamente con las personas, en vez de con sus cerebros?

EL PODER SEDUCTOR DE LAS NEUROIMÁGENES

...No se trata aquí ni de pasar por alto el enorme avance que supone la neurociencia, ni tampoco de entretenerse en señalar siquiera algunos de estos avances…, únicamente se va a reparar en uno de los varios métodos para su estudio, probablemente el más usado y, en todo caso, el más popular, como es la Imagen por Resonancia Magnética funcional (lRMf).

La lRMf es un método no invasivo para el estudio de la estructura del cuerpo que se vale de la resonancia magnética, mediante una serie de imanes, un generador de radiofrecuencia y un detector, acoplados a un ordenador que procesa los datos y los transforma en imágenes. Se excusa decir que la RMf supone una imponente sofisticación científica y tecnológica. Quien es sometido a la resonancia está tumbado en una mesa deslizante que entra en el "tubo" de una máquina donde permanece durante el tiempo de la prueba rodeado de potentes imanes. Cuando se estudian funciones psicológicas, el participante realiza tareas a propósito del asunto en estudio, tales como ver imágenes que se proyectan en una especie de gafas con pantallas, atender a instrucciones recibidas por auriculares o tomar decisiones sobre un teclado ad hoc.

¿Qué mide la RMf? Mide el flujo sanguíneo en el cerebro detectado gracias al magnetismo de la oxigenación de la sangre… Así, pues, el flujo sanguíneo se toma como indicador de actividad neurona) que, a su vez, está asociada a la actividad psicológica. La imagen coloreada resultante mide en rigor flujo sanguíneo que se supone está relacionado con actividad neuronal correlativa a la actividad conductual en estudio (económica, ética, política, psicopatología, etc.).

Por si fuera poco, la imagen coloreada o neuroimagen que se ofrece no es una instantánea del cerebro sino el promedio estadístico de muchas tomas, a menudo de muchos sujetos, de manera que no representa en realidad la actividad de alguien en particular, por así decir, la mente in fraganti…

¿Cómo interpretar las neuroimágenes?… En realidad, los estudios de neuroimagen no confirman nada acerca del supuesto origen biológico de los trastornos mentales (González Pardo y Pérez Alvarez, 2008, cap. 8). Aun resuelto lo anterior, queda el problema fundamental de explicar la actividad de un campo por la de otro, en este caso una actividad conductual por su correlato o, como se dice, la mente por el cerebro...

 

LA ADVENENCIA DEL CEREBRO‑CENTRISMO CON EL INDIVIDUALISMO

El cerebro‑centrismo, referido a a tendencia a explicar las actividades humanos en términos cerebrales es hoy la última frontera del individualismo y el mayor referente de la interioridad. El individuo ya no se define tanto por el yo como por el cerebro y. así, se habla, por ejemplo, de hombre neuronal o de yo‑sináptico si es que no del yo como ilusión creada por el propio cerebro. Lo memoria y los recuerdos se sitúan en el Hipocampo y la conciencia en el sistema tálamo‑conical, si es que no en microtúbulos intracelulares. La empatía y la comprensión dependen de las neuronas espejo. Ya no parece que seamos nosotros mismos os que simpatizamos y sentimos con os otros, sino nuestras neuronas espejo. El cerebro suplanta a la persona. Ser un cerebro en lugar de ser una persona ha legado a ser una figura de los tiempos actuales (Vida!, 2009). Lo que antes se suponía que hacían as personas se atribuyen ahora al cerebro: el cerebro piensa, decide, sabe, recuerda, conoce, miente, crea ilusiones, etc. Es e! cerebro creador.

Todo parece indicar que e! cerebro se presta a encarnar la tendencia individualista de la sociedad. Así, e! cerebro no sólo es la sede de! yo y base de la identidad sino que es fuente de reservas para el crecimiento persona! y el desarrollo de las propias potencialidades (hay un Dala¡ Lama en tu cerebro). Cambia tu cerebro y cambiarás tu vida y el mundo, se dice. Las cosas que se hacen para mejorar la vida, desde la meditación al cultivo de la amistad parecen ya más justificadas por lo que cambian el cerebro que por sí mismas. El mundo, los demás y las actividades que se realizan vienen a ser un medio para entrenar tu cerebro. Con tu cerebro, te bastas: en él está inscrita tu historia, lo que eres, recuerdos, traumas, aprendizajes y en él está también el horizonte de tu vida, la satisfacción contigo mismo, la autoestima, la felicidad, la paz interior, el envejecimiento saludable. Tus problemas y las soluciones están en tu cerebro. ¿No están ahí los puntos coloreados indicativos de tu depresión, ansiedad, obsesiones, etc. y no cambian éstos cuando mejoras? En fin, el cerebro viene a ser la encarnación de la individualidad y la culminación de la interioridad. El viaje al interior aterriza en el cerebro.

En efecto, el cerebro‑centrismo viene a culminar la tendencia interiorizante del individualismo, en la medida en que el cerebro es la última frontera y reducto del mundo interior. No hay ya nada más profundo y personal dentro de uno que su cerebro. Siendo asuntos psicológicos como la empatía, los celos, la envidia, la ansiedad, la depresión, etc., cosa del cerebro, el cerebro es el objeto del examen y del cambio personal. La comprensión de uno mismo ya no consistiría en el examen de la personalidad y modo de ser, de acuerdo con las vicisitudes y circunstancias de la vida, sino en la identificación de áreas y circuitos cerebrales, supuestamente responsables de nuestro comportamiento e inclinaciones. Por ejemplo, la profundidad de una depresión estaría localizada en núcleos profundos del cerebro (núcleo accumbens, etc.), según se toman como obetivo de estimulación por parte de tratamientos cada más prometedores. Los cambios para mejorar la condición humana ya no serían cambios sociales ni del individuo, sino del cerebro. La cuestión es que as explicaciones cerebro‑céntricas llevan fácilmente por el camino equivocado, cuando se hacen cosas por "mejorar" el cerebro, en vez de mejorar el mundo y cambiar las condiciones y formas de vida de la gente. Además de desviar la atención de las verdaderas condiciones, el cerebro‑centrismo puede traer una nueva reflexividad patógena, convertido el cerebro, sus imágenes e imaginaciones, en objeto de reflexión.

La biotecnología y en particular la neurociencia, con sus explicaciones reduccionistas donde los correlatos neuronales se convierten fácilmente en relatos conforme el cerebro nos hace como somos, etc., vienen a eximir de buena parte de la responsabilidad de nuestras vidas, en particular, cuando se esperaría más capacidad de decisión y autodominio. Asimismo, las explicaciones cerebro‑centristas llevan fácilmente, como se decía, por el camino equivocado, cuando se hacen cosas por "mejorar' el cerebro de cada cual, en vez de mejorar el mundo y cambiar las condiciones y formas de vida de la gente. La ideología del cerebro viene a decirnos que la explicación y solución de nuestros problemas, desde la "salud mental" a la búsqueda de la felicidad, son cosa del cerebro (psicofarmacología, entrenamiento neuronal, etc.). Se trata más de "perfeccionar" el propio cerebro que la persona, sin reparar que es la persona quien lo tiene que hacer en todo caso. La cuestión es que tomar al cerebro como objeto puede ser un camino equivocado, porque deja intactas las condiciones de as que dependen nuestros problemas (formas de vida, desorientación, consumismo, etc.). Es para pensar que, con la focalización en el cerebro, se quiere dejar a salvo a sociedad, con sus contradicciones y demás causas del malestar.

La ideología del cerebro alcanza su máxima expresión en la supuesta avenencia de la organización cerebral con el liberalismo económico (descentralización, deslocalización, conexión en red, etc.), como si, por fin, se llegara a una sociedad (la actual) que encajara con la forma natural de funcionar el cerebro humano. Así, se observa una afinidad entre la literatura de la neurociencia‑punta y el discurso de moda de la política neoliberal y la gestión organizacional (Slaby, 2010). Tanto la neurociencia como la política neoliberal enfatizan la deslocalización, la descentralización, la conexión en red, la flexibilidad y la capacidad para adaptarse a circunstancias y demandas continuamente cambiantes. Es como si el cerebro hubiera evolucionado para encajar con el capitalismo flexible. Como si con el capitalismo se diera, por fin, la adecuación entre el cerebro y la organización del mundo. En este contexto, ya no es de extrañar que se hable de la "neurona de Wall Street" (Zimmer, 2011), a propósito de una semejanza entre las redes de influencia de los corredores de bolsa y las redes según funcionan las neuronas. Se trata de una especie de naturalización del liberalismo, a cuenta del cerebro según lo describe la neurociencia actual. La clásica asociación weberiana de la ético protestante y el espíritu del capitalismo viene a ser ahora el hombre neuronal y el espíritu del nuevo capitalismo (Malabou, 2007). Esta asociación supone que el liberalismo económico está inscrito en el "diseño" del cerebro, como si la evolución del cerebro estuviera orientada a encontrar una sociedad acorde con su funcionamiento. La metáfora de moda para dar cuenta del cerebro ya no es el ordenador sino el discurso del liberalismo económico.

La cuestión es que una manera de describir el funcionamiento del cerebro que se vale de la metáfora del liberalismo económico se toma como su forma natural, la cual termina a su vez por naturalizar la fuente de la metáfora, en este caso, el propio liberalismo económico, como si éste fuera la forma natural hacia la que progresa la humanidad. Puesto que el genio y poder del cerebro no está precisamente en causar sistemas económicos ni en encajar con uno en particular, sino en permitir y habilitar las formas de vida que responden a la adaptación humana y sus variadas formas de habitar, entre ellas la capitalista, gracias a la plasticidad cerebral, todo hace pensar que el cerebro tiene aquí un uso ideológico, dando cobertura y legitimidad natural a un determinado sistema. De esta manera, el individuo queda subsumido en el sistema, como si fuera su acomodación natural, supuesta esa concordancia entre el funcionamiento neuronal y el espíritu del capitalismo. Los posibles y aun probables desajustes del individuo en relación con el sistema, consistentes, por ejemplo, en depresiones, ansiedades, compulsiones, adicciones, esquizofrenias, etc., vienen a ser desajustes de la mecánica electro‑química del cerebro (desequilibrios neuroquímicos, circuitos defectuosos). Tanto la sociedad como el individuo quedan exentos de responsabilidad. Los 'efectos colaterales" del desajuste individuo‑sistema son también cosa de ajuste neuronal, en particular, estimulantes y tranquilizantes. Todo ello, por lo demás, sin ser ajeno al "negocio" de la patologización de la vida cotidiana (González Pardo y Pérez Alvarez, 2008).

EL DECLIVE DE LAS HUMANIDADES Y DE LAS CIENCIAS SOCIALES

La ascendencia de la neurociencia con su prestigio y seducción va a la par del declive de las humanidades y de las ciencias sociales, a juzgar no sólo por su pérdida de atractivo para carreras profesionales sino por la proliferación de neuro‑disciplinas. Tal parece que las disciplinas humanistas y sociales tuvieran que ser validadas y confirmadas por la neurociencia, para el caso, por neuroimágenes reveladoras de las áreas implicadas en la actividad humana, como si ésta fuera cosa del cerebro. Puesto que algún correlato neuronal tiene que haber de cualquier actividad humana (económica, política, religiosa, ética, estética, educativa, psicopatológica, etc.), su conversión en relato neurocientífico explicativo del fenómeno en consideración está servido. Así, el correlato correspondiente, valga por caso, de una acción económica, política, religiosa, ética o de lo que sea, se presta a explicar tal fenómeno en términos del cerebro, pasando por alto a la persona que es en realidad quien realiza la actividad. Se pasa por alto no sólo a la persona, reducida al cerebro, incurriendo en este caso en la falacia mereológica (consistente en atribuir a una parte o que es de un todo), sino que se pasan por alto las propias condiciones de posibilidad de la persona, incluyendo su cerebro, que son la cultura y la sociedad, sin las cuales ni cerebro que valga habría. Se olvida o pasa por alto que el contexto cultural y el medio social son realidades históricamente dadas, supra‑individuales y preexistentes a cualquier cerebro que se estudie en una máquina de neuroimagen. Siendo así, es ocioso reducir al cerebro y deducir de él lo que la persona aprendió y llegó a ser gracias precisamente al contexto social‑cultural.

El declive de las humanidades y de las ciencias sociales no es, con todo, un efecto directo de la neurociencia, sino que deriva de un contexto más amplio de cambios histórico‑sociales que, por cierto, se habrían de estudiar en una perspectiva histórica y sociológica y no precisamente en términos neuronales. Se refiere a la preponderancia de las ciencias naturales y la organización del mundo de acuerdo con los desarrollos tecnológicos. Esta preponderancia de las ciencias sobre las humanidades se ha identificado en términos de las "dos culturas", a partir del opúsculo de Peter Snow de 1959, donde el autor señalaba que el progreso venía de la mano de la cultura científica y no de la humanista. El trasfondo de estos cambios tiene que ver con la "gran transformación", según la clásica obra homónima de Karl Polanyi del 1944 (Polanyi, 1989), por la que el mercado y la productividad terminaron por organizar la vida humana, dejando atrás las formas de vida comunitarias, aludiendo al cambio de la comunidad a la sociedad de individuos que se constata a finales del siglo XIX (Nisbett, 2009).

De todos modos, la mayor transformación cultural coincidente con el auge de la neurociencia viene de finales del siglo XX, a partir de la década de 1980, de hace unos veintitantos anos, prácticamente la última generación, la generación de Internet, Facebook, Prozac, Gran Hermano y demás. Esta época ha sido identificada por los sociólogos de "tiempos líquidos" (Bauman, 2007) y de "cultura‑mundo" (Lipovetsky y Serroy, 2010). Es una época en la que "algo anda mal" en los países occidentales, de acuerdo con el historiador Tony Judt (2010). La filósofa Martha Nussbaum se refiere a una "crisis silenciosa" mundial en materia de educación (Nussbaum, 2010). La imagen de "tiempos líquidos" sugiere la licuación de las estructuras sociales y marcos de referencia, que abocan a la incertidumbre, desorientación e incapacidad para la lealtad y el compromiso. Como podría volver a decir Marx, "todo lo sólido se desvanece en el aire" en la sociedad de consumo. Por su parte, la idea de "cultura‑mundo", referida básicamente a la universalización de la cultura comercial, significa el triunfo del mercado, la tecnociencia, los medios, el consumo, el individuo y, con ello, la aparición de una serie de problemas existenciales (identidad, creencias, crisis de sentido, trastornos de personalidad, etc.). Como dice Judt: "Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentida de un propósito colectivo. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen. [...] El estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana. Gran parte de lo que hoy nos parece "natural" data de la década de 1980" (Judt, 2010, p. 17). En fin, la "crisis silenciosa" de la que habla Nussbaum consiste en la supresión de materias y carreras relacionadas con las artes y las humanidades, en favor de una educación para el lucro y el crecimiento económico. El resultado, vine a decir Nussbaum, es la pérdida de la capacidad de reflexión y pensamiento crítico, por lo que ella ve la necesidad de las humanidades.

La suplantación del ciudadano por la figura del consumidor, con la que se identifico la gente actualmente, viene a ser la culminación y el colmo de esta transformación. La tendencia individualista e interiorista, antes señalada y a la que contribuye la neurociencia, es una manifestación de esta transformación. La propia neurociencia surge en el contexto de la preponderancia de la ciencia en la organización de la vida y contribuye, a su vez, decisivamente a impedir el análisis y reconocimiento de la situación señalada, al reducir las actividades humanas a los procesos cerebrales que tan seductoramente pone de relieve la tecnología de neuroimagen.

...

EL BUCLE DUALISMO-MONISMO

La cuestión filosófica de fondo por parte de la neurociencia es la huida del dualismo cartesiano para caer en el monismo materialista. Mientras que el dualismo establece una distinción y separación entre la mente inmaterial (res cogitans) y el cuerpo material (res extensa), el monismo elimina una de las partes (la mente) para reducirla a la otra (en este caso, el cerebro). "Enfrentados filosóficamente con el dualismo, se dice en el texto de Kandel, Schwartz y Jessell (2001), estamos obligados a encontrar una solución al problema en términos de células y circuitos neuronales" (p. 1318). Así, se da por sentado que todos los fenómenos antes adscritos a la mente son propiedades de la materia. Esta postura monista materialista, se dice en el mismo pasaje anterior, rompe con el dualismo. Sin embargo, como se sostendrá, el monismo no deja de ser una solución embarazada de dualismo.

El error del dualismo es la separación entre dos realidades inconmensurables, supuesta una material o corpórea y la otra inmaterial o incorpórea, de modo que no se entenderían sus influencias mutuas. Sería el "error de Descartes", según el ya célebre libro homónimo de Antonio Damasio original de 1994 (Damasio, 2001). Por su lado, el monismo no carece tampoco de error. Su error es a adscripción de los atributos de una categoría a otra: de propiedades de la mente o psicológicas a propiedades del cerebro o físico‑químicas. Su solución del problema del dualismo consiste, como se decía, en reducir una de sus partes a la otra, la mente al cerebro...

Los descontentos con el monismo materialista reivindican y reformulan el dualismo, que ciertamente sigue en pie. El dualismo no sólo perdura inadvertidamente del lado de los neurocientíficos que se refugian en el monismo, como se ha señalado, sino que es reivindicado, por así decir, a mucha honra. La peculiaridad de este nuevo dualismo es que proporciona evidencia experimental del poder de la mente sobre el cerebro y formula esta determinación en base a la física cuántica (Schwartz, Stapp y Beauregard, 2005)...

Reconocida la evidencia del poder de la voluntad y del autocontrol sobre las propias respuestas emocionales y la regulación conductual, incluyendo los correspondientes cambios cerebrales, esta evidencia no justifica el dualismo. Si bien esta evidencia refuta el monismo y así se autoafirman los dualistas, el dualismo no se sostiene en los términos del poder de una supuesta mente inmaterial sobre el cerebro, por decir el espíritu sobre la materia. [Si fuera así tendría sentido El secreto, una especie de "magia simpática", más o menos similar a la psicología positiva, que habita en la tecnológica sociedad de la información.] Este dualismo victorioso frente al monismo presenta dos problemas. Con el señalamiento de estos dos problemas se introduce aquí la alternativa filosófica al bucle dualismo‑monismo, ya balo el epígrafe de  Materialismo filosófico.

Materialismo filosófico

Para empezar, la mente del dualista cuántico es tan material como el propio cerebro al que determina, aun cuando no se trata de una materia física‑corpórea, pero no porque la física cuántica hable de campos magnéticos incorpóreos, sin masa, sino por la propia naturaleza de la voluntad y demás "fuerzas" psicológicas. La voluntad, el esfuerzo y la auto‑regulación, por seguir con los términos introducidos, no dejan de ser fuerzas de algún tipo o género de materialidad. Estas fuerzas se habrían de identificar como género de materialidad mental, psíquica, psicológica o conductual. Un género de materialidad que ni flota ni está separado del cuerpo ni tampoco se reduce al género de la materialidad físico‑corpórea de éste. El hecho de que las conductas del sujeto influyan en el cerebro (sea vía cuántica o no) pone de relieve su carácter material. Lo que ocurre es que la materia es plural y heterogénea, no únicamente de género físicocorpóreo como sostiene el monismo. En realidad, el monismo materialista de la neurociencia es fisicalismo. Se trata de un materialismo vulgar, sin tener una Idea de materia que se atenga a a pluralidad de ésta, con sus discontinuidades y co‑determinaciones, sin reducirse todos sus géneros a uno (monismo). El dualismo es, al menos, plural y así se corresponde mejor con la plural realidad. En este sentido, el dualismo supera al monismo. El problema del nuevo dualismo es que huyendo, en este caso, del monismo fisicalista, tampoco reconoce la materialidad constitutiva de la conducta, a pesar de la patencia y potencia de la voluntad y demás fuerzas de la acción y del autocontrol humano. El dualismo también participo del prejuicio fisicalista, al suponer que la materia es únicamente de género físicocorpóreo.

La materialidad de género psicológico se constato en su propia pluralidad de contenidos consistentes, por ejemplo, en experiencias, recuerdos, sentimientos, emociones, deseos, pensamientos, hábitos, codicias, ambiciones, etc., a menudo en conflicto entre sí. Así, el dolor de apendicitis es tan material como el mismo intestino. El tema o materia de una conversación es tan material como las ondas sonoras y las actividades laríngeas y neuronales implicadas, aunque de un género distinto al físico‑corpóreo. La "materia de la que están hechos los sueños" no se define ni por la actividad cerebral ni por los "materiales" de los objetos soñados, deseados o codiciados. Si se recuerda el final de la célebre película El halcón maltés, se podría estar de acuerdo en que tan material es la codicia y la ambición que llevó a encontrar la estatuilla del halcón como el plomo del que resultó estar hecha... Las repercusiones psico‑somáticas, así como los efectos en el mundo, incluyendo los demás, constatan la materialidad del género psicológico. Si no fuera material de qué y cómo la pretendida mente in‑material iba a influir sobre la materialidad orgánica del propio cuerpo por no mencionar los efectos sobre el mundo. El problema del dualismo, como se decía, es que participa del mismo prejuicio fisicalista del monismo, sin concebir la idea de materialidad de la "mente", en todo caso encarnada como actividad de un organismo y empotrada en el mundo, embodied and embedded, según condenso esta expresión inglesa (Haugeland, 1998).

Un segundo problema del dualismo es que deja en el aire la procedencia de la fuerza de voluntad, el esfuerzo y la auto‑regulación consciente o, si se prefiere, la mente, como si estuvieran ahí, sin más, lo que el monista se aprestaría a tomar como emergencia del cerebro. Por lo que aquí respecta, la respuesta es tan obvio como fundamental, de modo que no se puede obviar. La mente humana consistente en toda una pluralidad de acciones y reacciones está hecha de contenidos y formas que derivan de la sociedad y la cultura de referencia. La mente humana tiene su condición de posibilidad en la sociedad y la cultura, realidades supra‑individuales y preexistentes a la mente individual que se considere. Ni que decir tiene que la sociedad y la cultura constituyen una realidad material que ni se reduce a la materia físico‑química por más que está compuesta de cuerpos, objetos y cosas, ni es un producto de la mente humana puesto que la realidad social y cultural precede a cualquier mente de que se trate y es su condición de posibilidad, como se decía. La fuerza de voluntad y el autocontrol en el que el dualismo cifra el poder de la mente suponen una sociedad que pone en luego esos valores, as estrategias, la educación y el entrenamiento que implican, una serie de "instituciones mentales" (Gallagher y Crisafi, 2009). Lo que se quiere decir es que tan real y material son estas instituciones sociales como las actividades de los sujetos experimentales y sus cerebros, si bien cada realidad de acuerdo con su propio género de materialidad.

Como diría Hamlet a Horacio, hay más entidades materiales en el cielo y la tierra que las soñadas por el monismo materialista. La idea de materia, según se viene argumentando y de acuerdo con el materialismo filosófico, distingue tres géneros o tipos de materialidad: materia física, materia psicológica y materia de objetividades abstractas. Se trata de tres géneros que no están aislados pero que tampoco emanan unos de otros y que juntos conforman el mundo. Estos tres géneros, con antecedentes en la tradición escolástica ‑Mundo, Alma, Dios‑, son designados por Karl Popper como Mundo 1 (mundo de las cosas físicas), Mundo 2 (mundo de la mente) y Mundo 3 (mundo del conocimiento objetivo y de las producciones culturales) (Popper y Eccles, 1977; Popper, 1994) y por Roger Penrose como Mundo físico, Mundo mental y Mundo platónico (Penrose, 1996; 2006)…

M1 o materia física refiere las entidades que constituyen el mundo físico, desde las partículas subatómicas, moléculas, "intestinos", cuerpos y cosas como, por ejemplo, la estatuilla del "halcón maltés", hasta los planetas, astros, estrellas y, en fin, el "el cielo estrellado sobre mí", que diría Kant. En la escala del mundo fenoménico, el referente de M1 es el cuerpo humano en relación con los demás cuerpos y objetos cotidianos. En relación con la neuraciencia, M1 refiere principalmente neuronas, moléculas asociadas y circuitos neuronales.

M2 o materia psicológica refiere experiencias como, por ejemplo, el "dolor de apendicitis", eventos mentales y actividades conductuales, entre ellas, las que llevaron a recuperar el "halcón maltés". De todos modos, el concepto de lo mental, de acuerdo con la clasica disquisición de Gilbert Ryle de 1949 (Ryle, 2005), se especifica mejor que nada en términos de disposiciones conductuales y conductas dadas en el ámbito público, ello tanto por razones lógicas como pragmáticas. La materialidad del género psicológico ya ha sido apuntada antes. En cierta manera, el problema de la mente se solucionría si en su lugar se hablara de persona. "Cuando se nos exige pureza lógica, ‑dice Ryledebemos seguir el ejemplo que nos ofrecen los novelista, biógrafos y escritores de diarios personales, que hablan de personas que, únicamente, hacen o experimentan cosas." (Ryle, 2005, p. 192). El paso siguiente sería acudir directamente a Skinner.

M3 o materia de objetividades abstractas refiere realidades supraindividuales, preexistentes a cualquier individuo, desde conceptos e ideas como las de las matemáticas a las producciones culturales e instituciones sociales, incluyendo la "moral dentro de mí", que maravillaba y aterraba a Kant tanto o más que el cielo estrellado. Los autores de referencia (Bueno, Popper, Penrose) toman las matemáticas como modelo de objetividad abstracta, pero las producciones culturales e instituciones sociales forman parte igualmente de las realidades incluidas en M3. Aun cuando M3 consiste en productos humanos, tienen objetividad y autonomía respecto de los individuos concretos que contribuyeron a su "descubrimiento" y construcción. Así, por ejemplo, los teoremas de Tales, Pitágoras y Euclides ya no dependen de ellos como sujetos psicológicos, si es que acaso siquiera fueron productos de sus "mentes" y no surgieron de un curso de prácticas culturalmente extendidas. De hecho, se imponen como conocimiento objetivo a todo aquel que trabaja en aritmética y geometría. Tales teoremas no son ni psicológicas ni culturales sino, por así decir, impersonales, atemporales y universales (objetivos), como el conocimiento científico. Asimismo, el lenguaje, las normas sociales, las formas de vida, las llamadas "instituciones mentales", etc., sin dejar de ser productos humanos constituyen, a la vez, condiciones de posibilidad del serhumano, incluyendo e! desarrollo y el funcionamiento del propio cerebro.

El materialismo filosófico se opone a cualquier monismo, que diera prioridad a un género de materia sobre los otras dos, sea el reduccionismo físicalista, el reduccionismo psicológico (panpsiquismo, espiritualismo o idealismo) o el esencialismo según alguna versión de platonismo (como la de Penrose), así como al dualismo de cualquier tipo…

 

REFERENCIAS

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