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Para mí, una mesa es un elefante

Para mí, una mesa es un elefante

Josep M. Moreno - ® Oct. 2006

"Somos humanos solo en contacto y convivencia con lo que no es humano" D. Abram

Hace ya mucho la humanidad tuvo su primera caída, el pecado original, un deseo de saber que nos precipitó al mundo y a la conciencia. La segunda caída, esa sí que traumática, llegó con el advenimiento del alfabeto. Hasta entonces el ser humano, aunque caído, mantenía una relación con el mundo en la que implicaba todas las dimensiones de su ser y una de ellas prevalecía, el alma. Así creo yo.

La interacción con el entorno, el paisaje y los elementos que lo pueblan, llenos de vida y animados por el mismo elan vital propio de aquella visión originaria, se daba desde una participación sensible, respetuosoa y paritaria.

Uno se sentía uno más en un paisaje pletórico de entes, seres y los intercambios que se producen entre ellos involucraban todos los sentidos, todas las percepciones. La comunicación sino hablada estaba colmada de gestos sensuales, posturas, voces, sonidos, gritos y susurros y, quizás, un saber silencioso que permitía conocer al otro sin representaciones ni prejuicios, y situarse en el mundo directa e ingenuamente. Hoy le llamamos telepatía, esa extrañeza que aún sorprende a muchos y es causa de rechazo del estamento de los sabios contemporáneos.

Luego llegó el habla y la escritura, que al principio quizás no era más que un intento de facilitar dichas interacciones, por eso, los lenguajes era pictóricos y sus glifos aún implicaban al mismo paisaje y entorno que representaban. Hasta que la expansión del alfabeto se impuso y con ella el gran asesinato de nuestros sentidos. Desde que las palabras designan a sus objetos mediante una mera relación de significado, abstracto, abstraído de los sentidos, atribuído por consenso, la experiencia sensible empezó a quedar relagada. Era una segunda pérdida del paraíso, del paraíso sensible y sensual que nos había cobijado hasta entonces.

Entre la palabra mesa y el objeto, el ente, que designa, no media más que un acuerdo sintáctico. Nada más une a las dos realidades. Es una abstracción que reduce la percepción primaria, directa a un segundo plano, produce una escisión entre el cuerpo perceptivo, lo percibido y el ente. La comunicación se canaliza casi exclusivamente por un lenguaje disociado de la presencia real, del modo que cada ente tiene de manifestarse ante nosotros.

No se puede negar que este cambio produjo avances, muchos afirmarían que la civilización entera es debido a ello. No digamos ya la ciencia y su hija bastarda, la tecnología. Pero, ¿qué precio pagamos por ello? ¿cuáles son las dimensiones del ser y del mismo universo que quedaron asimismo relegadas a un segundo plano, olvidadas, quizás mutiladas?

Las caídas posteriores aunque sonadas ya fueron consecuencia de las originarias. Mucho depués en el siglo de las luces nos convencemos de que la Tierra no es el centro del Universo, de que el Sol y la Luna no giran a su alrededor y que el Sol es el verdadero señor del sistema, se produce un divorcio del matrimonio celeste, ese que unía a las luminarias como Rey y Reina, la Luna pasa a ser una pequeña roca, un satélite sin importancia. Y eso, a pesar de que nuestros sentidos nos informan de que ambos siguen teniendo el mismo tamaño.

Todo esto para culminar en la gran paradoja en la que nuestra cultura está, hoy en día, instalada. Habitamos un mundo y un universo físico-químico desprovisto de vida, a excepción de los pobres animales que sólo están aquí para que los utilicemos. Los sentidos, relegados a espectadores impávidos e impotentes de la masacre, son objeto de desconfianza y, curisamente, el materialismo imperante sólo acepta como válido aquello que es perceptible por los sentidos.

El alma, las dimensiones invisibles del ser y del universo, desaparecen de la cartografía oficial. ¡Pobres sentidos, se les hace responsables de toda la realidad y del conocimiento que se obtiene de ella y, a la vez, no se les dá crédito!

Un día que un ánimo místico me poseía, al colocarme enfrente de un árbol, me dije a mi mismo –si a este ser que está aquí enfrente mío, le quito, le borro, la palabra árbol, ese concepto que me hace creer que ya le conozco, que lo puedo asumir como sabido y agotado, ¿qué me queda? ¿qué realidad desaparece y qué realidad se abre? Para mi pasmo me dí cuenta que lo que tenía enfrente mío era un ser imbuído de misterio y vida y que, sin el auxilio rutinario de la palabra, se revelaba como una realidad palpitante que me retaba a que explorara su ser y su existencia como si tuviera que partir de cero.

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