Sorry, you need to enable JavaScript to visit this website.

Que el yo no soy yo

Agustín García Calvo ® 

Que el yo no soy yo. Esto me sirve como ejemplo de la principal dificultad con que nos vamos a encontrar para intentar hacer algo esta mañana*. Hacer. Hacer. Hablar entendido como hacer, cosa sobre la cual volveremos al final.

La principal dificultad para nosotros es que esto es demasiado claro. Comprobadlo con el título: «Que el yo no soy yo». ¿Lo habéis entendido? ¿Habéis entendido lo que dice? Evidentemente, desde el punto de vista gramatical es inevitable, porque está dicho en lenguaje corriente: no hay más que un terminacho de jerga, que es precisamente el término 'el yo', pero, por lo demás, en cuanto a la sintaxis y todo lo demás, está en lenguaje corriente, así que el sentido gramatical -digamos- tiene que haber sido para vosotros evidente desde el principio y, en ese sentido, habéis entendido qué es lo que dice la frase «que el yo no soy yo».

¿Habéis entendido más? ¿Habéis entendido qué es lo que implica esa formulación, a qué sitio nos puede llevar, contra qué cosas nos tiene inevitablemente que lanzar? Eso es más dudoso, y ésa es la dificultad metódica que os quería poner por delante. Esto, como todo lo que voy a dejarme decir por esta boca, tiene la dificultad de que es demasiado claro. Y ésta es una dificultad evidente, sobretodo estando en academia, donde el curso normal es, para fingir que se entiende, recurrir a las jergas, reducirlo todo a jergas más o menos científicas, garantizando de esa manera que nada se entienda de verdad. Por mi parte, empleo en todo lo posible el lenguaje corriente, y si empleo algún término de la jerga como es el mismo de 'el yo', será solamente como objeto de ataque.

Porque -aquí está la dificultad- también la Psicología es una ciencia, ¿O no? Supongo que sí. La Psicología es una ciencia, y ser una ciencia, aunque no pretenda ser una ciencia tan ciencia como la Física, como la reina de las ciencias o ciencia por excelencia, pero, en la medida en que ha de ser una ciencia y que imite más o menos a la Física en cuanto al empleo, sobretodo, de los cuantificadores, de números, de cálculos, tanto en el registro de experimentos como en la estadística, en la medida en que es una ciencia, trata acerca de realidades, acerca de una realidad.

Las Ciencias tratan acerca de la Realidad. Esta es otra cosa demasiado clara. Que la Ciencia trate acerca de la Realidad implica que la ciencia está fuera de la realidad, puesto que trata acerca de ella. De forma que la Psicología, al tratar de la realidad, se escindiría ella misma de ser una realidad. Salvo que, claro, como sucede a cada paso, en lugar de

hablar de la realidad de la que habla la Psicología, digamos con un término arcaico, el alma, en lugar de hablar de una realidad, ésta, el alma, o la personalidad, o la persona, o hasta el yo, en lugar de hablar de eso, hable de psicología. Por ejemplo, hemos entrado en una Epistemología de la Psicología, como a cada paso las ciencias pasan a ser una epistemología de sí mismas. Entonces sí, entonces ya la Psicología es el objeto de que se trata: no se habla del alma, se habla de la Psicología, y en ese momento, por supuesto, la Psicología ha entrado a formar parte de la realidad, y en la medida en que se habla de ella, ya no es ella la que habla; ya hay otra manera de hablar que queda fuera de esa realidad.

¿Veis lo que os prometía o amenazaba? Es demasiado claro. Es demasiado claro, y tanto temo a esta excesiva claridad que os pediría incluso que, sin aguardar a coloquios finales para los cuales no vamos a tener seguramente tiempo ninguno, me interrumpáis exigiéndome que os ponga las cosas un poco más oscuras, para ver si las entendéis mejor. Porque ése es el procedimiento habitual. Si la Psicología es una ciencia, como debe serlo, trata acerca de la Realidad, digamos ésta, el alma, o la personalidad o la conducta personal o, como acabo de oírle decir al profesor Monedero, el propósito, los propósitos humanos, una definición que trataré de usar también más adelante. Trata acerca de esas realidades, llamémoslas como las llamemos: para eso es una ciencia.

Pues imaginad que abrís un tratado cualquiera de Psicología y que os encontráis con una frase como ésta: «Síndrome de ansiedad de desprotección es esto que me está pasando ahora mismo según lo estoy escribiendo». Os encontráis esta frase y decís: «Esto no puede ser; evidentemente esto no puede estarlo diciendo el autor del tratado». Inmediatamente miráis a ver si está en letra pequeñita y si es que está citando la carta o el testimonio de algún enfermo que sirve como caso de eso, pero que el autor para explicar el citado síndrome se exprese de esa manera y diga «Síndrome de ansiedad de desprotección es esto que me está pasando a mi ahora mismo según lo estoy escribiendo», no pasa.

En ningún tratado de ciencia, de ninguna, ni de Psicología, podéis encontrar formulaciones como ésas. Formulaciones como ésas que, si recordáis bien la fórmula que me acabo de inventar, implican «es esto». Vamos, la frase empieza muy bien, empieza con un terminacho, empieza con una cosa perfectamente manejable «síndrome...» (también me lo acabo de inventar ahora, no sé si corresponde a algo), «síndrome de ansiedad de desprotección». Vamos, estamos en plena jerga, es decir, estamos tratando de la realidad. Pero luego sigue «es esto». «Esto» no puede aparecer en ningún tratado de ciencia. «Es esto queme está pasando». «Me» mucho menos todavía. ¿Cómo «me» va a entrar como término de un tratado de ciencia? «Está pasando ahora mismo», con el presente y con el «ahora mismo» ratificándolo. No, hombre. «Ahora mismo» en un tratado de ciencia no se puede decir. «Según lo estoy escribiendo», para acabar de rematarla faena, eso es una cosa que no cabe, este presente, «según lo estoy escribiendo», que aludiría al hecho mismo de estar formulando el tratado el propio autor. Esas cosas están excluidas de cualquier formulación científica. Cosas como 'esto', 'aquí', 'ahora', 'me', 'yo'... Esos términos, que pertenecen a la lengua corriente y que los empleamos con más frecuencia que ningunos otros, a cada paso y para cualquier función del lenguaje, todos esos términos están excluidos de la ciencia. Una ciencia no puede tratar de 'aquí'; no puede tratar de 'esto'; no puede tratar de 'mí'; no puede tratar de 'ahora'. Todo eso está fuera.

Si una ciencia, o una filosofía, que yo no distingo para nada (la verdadera filosofía que hoy padecemos es la Ciencia, y lo demás que se llama filosofía no son más que complementos, restos, accesorios), si una ciencia o una filosofía se empeña en tratar de cosas de ésas, pues ¿qué hace? Trata, no de 'aquí', porque eso es imposible, pero trata de 'el aquí'. ¡Ah! Eso ya es un término filosófico: 'el aquí'. Eso ya puede ser un término científico. Trata de 'el ahora'. De 'ahora' es imposible que trate. Para eso está la lengua corriente, pero el lenguaje de la ciencia no puede tratar de 'ahora'. Tratará de 'el ahora'. Pero 'el aquí' y 'el ahora', notadio, se han convertido en realidades; por eso se puede tratar de ellas: 'el aquí', 'el ahora'. Por tanto, pueden ser objeto de una ciencia o una filosofía, pero ya no son lo que eran. Ya no hacenlo que hacían 'aquí', 'ahora', ya no están diciendo precisamente eso.

Hace poco tuve que habérmelas en pleno reino de la reina de las ciencias, de la Física, con el libro de un físico, medio académico medio marginal, Barbour, que se titula The End of Time, donde proponía una Física sin tiempo. Y efectivamente, esta física, cuyo desarrollo no es el caso traeros aquí, acababa por reducir todo a configuraciones y variedades que sustituyeran al cambio temporal, de forma que el tiempo quedaba eliminado, y los entes últimos que quedaban eran los que llama «cápsulas de tiempo»: los ahoras. Esto de «los ahoras» ya lo decía Aristóteles mismo, los ahora. Pero evidentemente los ahora no son ahora. Los ahora no son ahora: los ahora están ya fijos en la realidad, y el intento de Barbour de hacer una Física sin tiempo es un intento que no tiene sentido. Es sugerente y honrado, hasta cierto punto, el intento; después de los progresos de la mecánica cuántica es, incluso, hasta lógico. Pero es, por supuesto, un imposible. La realidad está bruscamente fundada en la conversión de 'ahora' en 'un ahora'; 'el ahora', 'los ahora'. Está fundada justamente en esta reducción del tiempo que de verdad está pasando, que es inasible, incapaz de ser objeto de ninguna ciencia, en 'un ahora', 'el ahora', que ya son formas de la realidad y que, portanto, pueden ser objeto de ciencias de la realidad, de filosofías.

Supongo que aparece bastante claro el cambiazo (si no, ahora en seguida me lo diréis) y, naturalmente, esto que os he mostrado con 'aquí' o 'ahora' podéis aplicarlo a todos esos términos que tienen esta condición de que no significan en sentido estricto, sino que hacen algo más: apuntan; apuntan en relación con el acto mismo de hablar.

Sí, en un tratado relativamente científico puede aparecer 'ahí', pero eso si 'ahí' es un anafórico que remite a un esquemita que el autor ha puesto. Es a lo más que se puede llegar. En una geometría ilustrada, por ejemplo, uno puede decir 'esto', pero si 'esto' quiere decir 'el teorema que acabo de formular antes': un anafórico que no nos saca para nada del texto. Pero de esto de verdad, esto que está aquí ahora mismo, de eso no hay ciencia que trate. Por lo tanto, de mí o de ti, mucho menos.

'Mí' o 'ti' no somos nadie real. 'Yo' es cualquiera. Es cualquiera con la sola condición de que esté hablando. 'Yo' es cualquiera que está hablando. Y 'tú' es cualquiera al que se está hablando. Y eso, señores, eso no puede ser objeto de ninguna ciencia. De eso no se puede hablar. Si se habla de ello, ya ni es el que habla ni es al que se habla: es de lo que se habla. Yeso es lo que se hace. Eso es lo que, inevitablemente, tiene que hacer cualquier Psicología, que empieza, de unas maneras más torpes, desarrollando nombres con significado, sustantivos, por ejemplo, psyche entre los antiguos, anima o animus en la teoría de Epicuro y Lucrecio, y, siguiendo las dos, 'alma'. Teniendo en cuenta que el invento empieza (de una manera que me parece sumamente lógica) por aplicarse a las almas de los muertos. No hay ningún alma que se haya inventado antes de inventarse las ánimas de difuntos: ésas son las primeras formas de alma. El trasladar eso a los vivos es secundario, es un proceso que remata la obra, pero las almas primeras son las de los difuntos. El sitio donde en la prehistoria ya se desarrolla un culto y lamentación del difunto que implica la invención del nombre propio (en la prehistoria, en lo desconocido, es decir, antes de hace diez mil años) y es ahí, con el invento y la lamentación del nombre propio del difunto, donde aparece el invento del alma por primera vez, que después se desarrolla tan esplendorosamente, no ya con los trucos epicúreos de animus y anima, sino con todo el desarrollo moderno en el que no voy a entrar.

Como os advertí antes, el término en sí, este objeto de la psicología dicho como 'alma', es una cosa anticuada, suena muy mal (para algo las ciencias progresan), pero, a cambio de ello, se han desarrollado otros, como es 'la persona', 'la personalidad' y todos los demás nombres de los mecanismos anímicos a los que estáis de sobra acostumbrados. Y, en último término, con ayuda, a iniciativa de filósofos y, después, del propio psicoanálisis, se inventó el yo, que es la manera más hábil y directa de dar el cambiazo: en lugar de 'mí' está 'el yo'.

No sólo está 'el yo', sino que, si me descuido, está 'mi yo', y 'tu yo', es decir, meros disimulos para evitar decir 'alma', para evitar decir 'mi alma' y 'tu alma'; es decir, disimulos porque, en definitiva, con sólo el truco ese de sustantivarlo y poner un artículo ('el yo' o 'mi yo' o 'tu yo') ya se le está convirtiendo en una realidad: en una realidad que yo no era cuando estaba vivo. Vuelvo con esto al título: que el yo no soy yo.

Esto es lo que el año pasado nos surgía imaginando o recordando a un niño en el trance de dos años, dos años y medio, de estar terminando en él la lucha entre la gramática común, la lengua común, con lo que cualquiera viene a este mundo, y el idioma de los padres que le ha tocado. Por esa edad, más o menos, con ese trance decisivo que la Psicología sólo torpemente reconoce y analiza, pero que, en cambio, para Freud, ya aparecía muy claro como límite: todo lo importante había sucedido antes, antes de ese trance de terminar la lucha entre la lengua común y el idioma que a uno le ha tocado. Tomemos a un niño, recordado, imaginado, en ese trance, al que los padres ponen ante el espejo y le dicen: «Mira, Celita, qué guapa estás con ese lacito rosa», o «Mira qué bien te sienta la chaquetita, Raimundito>'. El niño se queda mirando al espejo y todavía declara; «Pero ése... no soy yo». «Pero ése no soy yo». Hay algo en él que todavía está vivo y que, por tanto, tiene que hacer esta declaración: «Pero ése ....,es decir, la imagen del espejo, que es lo mismo que el significado de las palabras que lo tienen, incluidos también el nombre propio de la persona, Raimundito o Ceuta, que son como formas del espejo, declara: «ése, evidentemente, es real, es real, me hablan de él, tiene su nombre, pero ese no soy yo;ése, a pesar de todo, no soy yo».

Bueno, así es en el trance que trato de presentaros como recordado, imaginado y, en todo caso, ejemplar. Después viene la asimilación, la historia de la Historia, la historia del Poder, el desarrollo de la Ciencia, de la Psicología entre las ciencias, que nos instruye acerca del yo, de la personalidad, de los síndromes de ansiedad, de la conducta, de los propósitos y todo lo demás; pero bueno, eso ya es la aburrida historia a la que estáis acostumbrados y en la que estáis metidos.

La realidad, ésa de que las ciencias tratan y de la que tratan también los hombres de negocios y de la que trata vuestra familia en las casas correspondientes, la realidad, aquello de lo que se habla, es, en un sentido preciso, falsa. Es decir, tiene razón el niño que dice: «Ése no soy yo». Es en un cierto sentido falsa precisamente porque trata de presentarse como verdadera. Sólo así se puede decir que la realidad es esencialmente falsa. Una realidad cualquiera, entre ellas la del invento del alma, que arrastró consigo el invento del cuerpo, que sólo se inventa después de haberse inventado el alma. Una falsificación detrás de otra. Una falsificación complementando la otra.

Todos recordáis las consecuencias... A lo mejor os ocupáis mucho de la medicina del alma y de la relación entre psicología y medicina, pero no olvidéis que, por otra parte, está el pobre cuerpo, que ha resultado del invento del alma, como una especie de corolario, y al cual desde entonces se le puede manejar, se le puede hacer objeto de toda clase de gimnasias, medicinas y profilaxis, que no son sólo las del alma, pero que son del mismo orden que ellas. Ésa es la triste historia. En ese sentido la realidad es falsa: porque pretende ser verdadera.

Fijaos (es un paréntesis político) que si la Realidad fuera verdadera, no tendrían que estaros haciendo creer en ella todos los días. ¿Para qué diablos os han traído a esta Facultad? ¿O a qué diablos os ponen delante de un televisor? A predicaros todos los días que la realidad es la realidad. A haceros que creáis, a reforzar, por si acaso alguna duda viene a perturbarla, vuestra fe, en la realidad, en que sabéis de lo que estáis hablando y, por tanto, que sabéis lo que estáis haciendo. Esto es un paréntesis consolador: es, evidentemente, una inseguridad de la realidad en sí misma lo que hace que tenga que estarse predicando cada día, en universidades o por televisores. Si fuera verdad, no tendría que predicarse. Es una cosa también muy elemental y demasiado clara.

La Realidad está hecha esencialmente por conversión de eso, lo que llamamos tiempo, que de verdad no se sabe lo que es (el tiempo que está pasando, ahora, mientras os estoy hablando, y que es inasible, y que no tiene dos sentídos a derecha e izquierda, que no tiene más que uno y, por tanto, ninguno), la conversión de eso en un Tiempo que se sabe, una idea de 'tiempo'. Es el fundamento mismo de la Realidad. Todas las demás realidades están fundadas sobre esta conversión del tiempo inasible en un Tiempo que se sabe, en un Tiempo que está ideado. Todas vienen de ahí. Era en ese sentido como en el libro del físico, en Elfin del tiempo de Barbour, me encontraba con este trance, que hoy también, de otras maneras, he querido presentaros, que la gramática elemental, la razón común, se enfrenta con la Ciencia de la Realidad y trata de decirle las cosas que le está diciendo.

El psicoanálisis era un invento que, desde el propio fundador, digamos, desde Freud, se encontraba en una situación indecisa, porque, por un lado, la tentación de que aquello se convirtiera en una teoría,doctrina y, por tanto, en definitiva, ciencia, era muy poderosa, y con algunos resquemores Freud mismo, de vez en cuando, es evidente que cedía a la tentación. Por otra parte, en muchos momentos, como viene a lo largo de sus escritos, se revela hasta qué punto él era como el niño ante el espejo: era honrado. Es decir, reconocía que eso que él estaba haciendo no podía ser una ciencia; no podía ser una ciencia de la realidad. Como es natural, porque psicoanálisis, como sabéis, etimológicamente quiere decir 'disolución del alma'. Disolución del alma, es decir, con el término más moderno, disolución del yo, descubrimiento de la falsedad de la persona, de la falsedad del yo. O sea, más o menos lo mismo que estaba haciendo con vosotros este rato, que se puede decir que era un poco hacer psicoanálisis. Y eso, evidentemente, no podía convertirse en una teoría so pena de condenarse a muerte, claro. Porque, evidentemente, si aquello se convertía en una teoría, tendría que ser, de una manera o de otra, psicología, es decir, una ciencia acerca de la realidad del alma.

La disputa, que supongo que sigue a estas horas en la academia, entre dar entrada o no al psicoanálisis en las facultades, pues es todavía, hasta cierto punto, aunque muy de lejos, representativa. Efectivamente, hay una tendencia asimiladora, que parece ser la progresista y que es la conservadora, como suele suceder bajo el Régimen, que diría: «Sí, sí, abarquémoslo todo! ¡También el psicoanálisis tiene derecho a entrar en las disciplinas académicas!». No sólo el psicoanálisis: hasta la parapsicología en muchas universidades está metiendo la nariz; de manera que imaginaos, ¿no? Ésta es la actitud progresiva, que es la conservadora, la reaccionaria: meterlo dentro, no vaya a quedarle todavía algún veneno al psicoanálisis, no vaya a implicar todavía alguna forma de peligro; si lo hacemos disciplina académica, se acabó; ahora ya lo tenemos seguro.

Y luego, hay la actitud que, siendo la reaccionaria, es, por cierto, la más honrada, que es la de los académicos de pro, que de ninguna manera pueden consentir que bajo el nombre de 'psicología' entre en las facultades eso del psicoanálisis. En ese sentido la disputa es reveladora. Con ella voy a ir terminando.

El psicoanálisis, a pesar de estas vacilaciones del propio Freud, y no digamos de los supuestos seguidores, es una disolución del alma, es una disolución del yo, un descubrimiento de la falsedad del yo. Y esto no puede ser una ciencia. ¿Porqué ? Porque es una acción. Es con esto con lo que quiero terminar: con la oposición entre acción y saber, entre acción y ciencia.

La Ciencia está para confirmar la fe en la Realidad y, por tanto, para que estemos seguros de que no hay nada que hacer más que lo que ya está hecho. Lo que todos los días os predica la televisión, sobretodo, mostrándoos que no puede suceder nada más que lo que ha sucedido. Todos los días, por si os entra alguna duda, que no hay nada que hacer.

En ese sentido, al empezar, recordaba a mi antecesor en esta mesa, el profesor Monedero, que se inclinaba a decir «ciencia de los propósitos», porque, en efecto, si la Realidad está constituida por una ideación del tiempo, la Realidad es esencialmente futura. Futuro no es, para la verdad, para este corazón de niño que nos queda, no es nada que esté ahí, que esté hecho, pero es, justamente, la realidad de las realidades; es de lo que se habla.

Fijaos en el Dinero, que es la realidad de las realidades: el Dinero es todo futuro. No hay más dinero que el futuro. Y del Dinero dependen todas las demás instituciones sociales, judiciales, académicas... todas dependen del Dinero como realidad de las realidades; y, por tanto, de lo que tratan es del futuro. Tratan justamente de conseguir que no suceda más que lo que ya se sabe. Imaginaos adónde se iría el Dinero si no tuviera un futuro sabido de antemano, a dónde irían la Banca y las Compañías de Seguros y programas o presupuestos de todos los Estados de Bienestar. Su condición es que el futuro se sepa, es decir, que se asegure que no va a pasar nada que no sea lo que ya se sabe. Así se pueden hacer pronósticos, presupuestos estatales y operaciones financieras de todo tipo. Y el resto (justicia, organizaciones familiares o estatales, academia, educación...) va sencillamente a la rastra. ¿No os hacen aquí todos los años un plan de estudios, haciéndoos constar que el Ministro allá en lo alto sabe de antemano todo lo que va a haber que saberse durante ese curso? Se sabe ya de antemano. Si no, ¿qué sentido tendría un plan de estudios? Un plan de estudios tiene ese sentido: cuidar, asegurarse de que lo que se va a aprender es lo que ya está sabido, no vaya a correrse algún peligro de algo.

De manera que, en ese sentido, efectivamente, la realidad es esencialmente futura, y la Ciencia, aunque parezca otra cosa, es una ciencia que, en definitiva, trata del Futuro, y que, por tanto, está dedicada a esta labor fúnebre de asegurarse de que no va a pasar nada más que lo que ya ha pasado, de que no va a haber ninguna sorpresa... En vano: en vano, porque, no ya un psicoanalista, sino un gramático cualquiera os puede decir: «Pero eso nunca es así». Nunca es verdad que ese Futuro esté hecho, y es en ese sentido como os contraponía para terminarla acción con la Ciencia.

La Ciencia está para asegurar la Realidad y, por tanto, la Fe y, por tanto, asegurarse de que no pase nada imprevisto. Frente a ello está la acción: psicoanálisis en cualquiera de los sentidos, disolución del alma.., empezando, como en el título de esta charla, por mostraros esta evidencia demasiado clara de que el yo no soy-yo.

_______________________

* Agustín García Calvo. Lingüista, escritor, orador, poeta, dramaturgo, pensador, es Catedrático Emérito de Filología Latina y autor, coautor, traductor y editor de múltiples obras en lingüística, literatura, filosofía, política, teatro y poesía, por las cuales ha recibido varios premios oficiales. Entre su prolífica producción podemos destacar los ensayos

Sermón del ser y no ser (Visor, 1972), La venta del alma (Ediciones Libertarias, 1980), Razón común (Lucina, 1985), De la felicidad (Lucina, 1986), Hablando de lo que habla. Estudios del lenguaje (Lucina, 1989), Contra el tiempo (Lucina, 1993), Contra la paz. Contra la democracia (Virus, 1993), Contra el hombre (Fundación de Estudios Libertarios

Anselmo Lorenzo, 1997; con I. Escudero), Contra la realidad. Estudios de lenguas y de cosas (Lucina, 2002), la obra de teatro Baraja del rey don Pedro (Lucina, 1998), o las traducciones de Macbeth de Shakespeare (Lucina, 1980), Edipo rey de Sófocles (Lucina, 1982), De la naturaleza de las cosas de Lucrecio (Cátedra, 1983) o La Ilíada deHomero (Lucina, 1999).

Go to top