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Un evento anómalo

Considerad si es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal1

 

Josep M. Moreno - ® - 2010

Se ha analizado el holocausto nazi como un evento anómalo, una aberración de la historia, se han intentado toda suerte de análisis causales psicológicos, psicoanalíticos, sociológicos, económicos, políticos, macro y micro explicaciones, que nos dejan con una sensación de que no se llega al meollo, ni mucho menos al antídoto para abolir la posibilidad de un nuevo brote.

Mi exposición no presenta un ánimo analítico-causal pues creo que cualquier intento de separar el fenómeno del Holocausto del resto de producciones histórico-sociales aunque inevitable si se quiere analizar, resulta irremediablemente reduccionista. Adopto pues la actitud cautelosa de enumerar algunos factores significativamente presentes, de valorar otros pero sin ánimo de identificar las “causas objetivas”, tampoco el prescribir las normas ideales para evitar su repetición, enfoco, en cambio, un poco a contracorriente, mi atención crítica en las mismas ciencias sociales, sus presupuestos y métodos, presentes ya en la aparición del fenómeno y hegemónicas hoy en sus intentos de explicación.

No hay nada más tentador que un discurso moralista frente a la magnitud abismal del horror del Holocausto hecho que marca de manera indeleble el espacio político y social de la modernidad. Puede resultar tan banal como la misma banalidad del mal que pensó Arendt2. Lo mismo puede aplicarse a las explicaciones analítico-teóricas de las ciencias sociales que están, en gran medida, fundamentadas en ideas vinculadas tácita o explícitamente a conceptos morales. Cabe la sospecha de que cualquier modelo teórico con su esquema interpretativo apriorístico no podrá rendir cabal cuenta del horror inhumano que se desprende de los relatos de los supervivientes.

Quizás el Holocausto imponga una frontera infranqueable a la razón y a la moral, quizás su misterio nos obligue a asumir humildemente nuestros humanos demasiado humanos límites3, como Sócrates quería, instalarnos en la conciencia de que no sabemos, para así abrirnos a nuevas perspectivas. Antes la religión (Inquisición) y luego al ciencia (Holocausto)4, fueron dos pilares del orden social que actuaron de soporte racionalizador de las prácticas del horror. El nazismo creció y se desarrolló al amparo de unas ideas científicas, con la misma pretensión de “objetividad” que las actuales. Hoy, algunos pensadores5 sospechan que el discurso científico es un relato más, una metáfora cuya idiosincracia consiste en presentarse como no-metáfora, como representación de la “realidad objetiva”, negándose a si misma como metáfora y negando además validez a todas las que no comparten el marco de presupuestos positivista y naturalista de sus axiomas básicos6.

La metáfora científica nazi consistía en visualizar la nación como un cuerpo y a los judíos como bacterias que lo infectaban. La lógica a partir de esta verdad “objetiva” era aplastante: se ha de erradicar el mal. La idea subyacente - si la nación ha de sobrevivir, sus enemigos han de ser destruidos-, sobrevivió al fin del nazismo. y sigue hoy intacta. El Gulag soviético, los campos de Vietnam, los organizados por las dictaduras militares del cono sur, los campos de refugiados de África o del Oriente medio, los campos de la antigua Yugoslavia o los campos de la emigración actual como el estadio de Bari, los campos de las dos guerras de Irak o la base de Guantánamo, etc.

Desde el holocausto tenemos que convivir con este trauma colectivo, con los históricamente posteriores y con el actual, el inminente desastre ecológico, ese holocausto, quizás definitivo, de las especies vivas que ya están encerradas en un nuevo Auswitchz, una cárcel hecha de contaminantes. Cárcel, ahora sí, de la que no hay escapatoria, como tampoco parece que la hay de la falacia antropológica que permea incluso a movimientos ecológicos bienintencionados y que nos convence de que si hemos estropeado la naturaleza se trata de repararla para que pueda seguir funcionando “a nuestro servicio”. Desde una mirada no tan absorta en la investigación de las cantidades, sino más bien en apreciar el valor de las cualidades7, de los detalles, podríamos considerar que una análoga monstruosidad emerge de los nazis que lanzan a un indefenso niño judío contra la pared de la que hace gala el padre del autor, Vladek, cuando sostiene que los negros son detestables y que ya en la segunda página del cómic se presenta con un mensaje inquietante pero lúcido: “encierra a los amigos durante una semana sin comida y entonces entenderás…” entra ambas producciones cabe la sospecha que la diferencia se debe una cuestión de ocasión que viene dada por el horizonte de posibilidades abierto por una situación dada.

Hay quien afirma que el horror del holocausto no reside en el número de víctimas, la capacidad de matar millones de seres humanos eficientemente, aterroriza no por los millones sino por la eficiencia. Una eficiencia facilitada por medios tecnológicos pero sobretodo avalada por la mirada nihilista8 que se instauró en occidente hace ya siglos y que impregna nuestros sistemas de ideas y valores. El judaísmo y el cristianismo entronizaron un dios trascendente que aniquiló totalmente la sacralidad inmanente del mundo, el resultado implacable aparece en el estado actual de la naturaleza en peligro de desastre ecológico.

Descartes imaginó un sujeto cognoscente (res cogitans) escindido de un mundo poblado de objetos (res extensa), después de la publicación de las Meditaciones en 1641, la realidad material se convirtió en un reino estrictamente mecánico. La escisión radical sujeto-objeto que conduce a la obsesión en controlar y manipular al objeto y conocerlo por sus magnitudes forma parte del nihilismo imperante, conduce como varios pensadores anunciaron, al olvido del ser. Con su mirada genealógica Foucault examina concienzudamente la relación desconcertante entre las formas de conocimiento científico y las prácticas sociales, las tecnologías y las relaciones de poder por las que se desarrollan y aplican. Quizás deberíamos acabar como Chomsky, admitiendo que las armas letales puestas en juego a propósito del fenómeno, como fueron y siguen siendo el adoctrinamiento, la propaganda, la manufactura del consenso (esa construcción social interesada de la realidad) no son una perversión, ni un accidente, son más bien una faceta esencial de la democracia tal y como la entendemos y la practicamos, ya que no podemos olvidar que Hitler subió al poder por medios democráticos. Quizás debamos conceder la razón a Foucault cuando afirma que el progreso, en el sentido de una mejora de las cosas y los asuntos, no existe, el único progreso se da en los modos de dominación. Muchos participantes que cooperaron con el Holocausto eran gente normal9, de acuerdo a Arendt éste es precisamente el escándalo real, ésta es asimismo “la incómoda verdad” de Johnson (2002), Gellately (2002), Goldhagen (1997) y J.T. Gross (2002).

Aunque el veredicto de Johnson sea radical, culpar a los millones de alemanes que conocieron la existencia de los crímenes nazis, no llega a la raíz. Lejos de imaginarnos la situación de los oprimidos que se unen en la lucha contra los de arriba o por lo menos para sobrellevar la situación, más bien lo que ocurría en Auschwitz era la lucha hobbesiana de todos contra todos, la vuelta a un estado de naturaleza brutal en el que ciertamente el hombre era un lobo para el hombre. Ahora bien, ¿qué significa el veredicto de “normal” con el que aludimos a las personas que presentan conductas dentro de lo aceptado por la normalidad estadística?10

Una concepción y valoración de la normalidad que ha sido y sigue siendo, criterio de muchas mediciones y valoraciones (que acaban siendo prescriptivas) de las ciencias psicológicas, sociales, económicas y políticas; a pesar del escándalo de la conducta de la mayoría de alemanes normales en la Alemania nazi. No es de extrañar que, en su estudio de las modernas sociedades occidentales y en su investigación de la unidimensionalidad del ser humano, Marcuse alertara del peligro de que tanto la ciencia como la tecnología se conviertan en elementos de dominación, el velo ideal de la ciencia matemática es un velo de símbolos que representan y enmascaran el mundo de la práctica11.

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Referencias

1 P. Levi, Si esto es un hombre, Barcelona, Muchnik, 1998.

2  Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem A report on the Banality of Evil. London: Penguin Books, 1963.

3 Como agudamente afirma Derrida en su proyecto de-constructivo: no hay teoría, ciencia o sistema político que descanse en fundamentos enteramente racionales, siempre se halla un punto que excede la razón, un punto que acaba siendo una declaración de fe o creencia.

4 “Yo no soy el primero en observar que los sistemas socio-políticos que han surgido en el mundo, del Occidente actual, son la secularización de sistemas teológicos anteriores.” Henry Corbin, DE LA TEOLOGIA APOFATICA COMO ANTIDOTO CONTRA EL NIHILISMO, Conferencia presentada en Teherán el 20 de octubre de 1977.

5 véase J. Hillman (1993, 1997, 2004), W. Giegerich (1996), H. Corbin (1993, 1997), entre otros.

6 “La ciencia objetivista toma lo que en ella denomina el mundo objetivo por el universo de todo lo existente, sin considerar que la subjetividad creadora de la ciencia no puede hallar cabida en ninguna ciencia objetiva. Al que ha sido formado en la ciencia natural le parece evidente que todo lo meramente subjetivo debe ser eliminado” . E. Husserl.

7 “La postura de no concentrase en la inmensidad cuantitativa de la barbaridad, los seis millones de asesinados. Se trata más bien de enfocar la calidad específica de esta experiencia”.  M. Matitiahu.1988.

8 “Se trata en esencia de un nihilismo metafísico, que proviene del agnosticismo radical, del rechazo del “reconocimiento” de cualquier realidad que trascienda el horizonte empírico y las certidumbres racionales”.  H. Corbin. 1977.

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